Por derecho lírico

La Estrella de la Carretera nº 4

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Ya el número 4 de nuestro fanzine La Estrella de la Carretera y parece que fue ayer que empezamos. Lo mismo mi libro, ya lleva unos meses por las calles dándose unos baños de amarillo e ilustrándose de manchas prestigiosas, quién nos lo iba a decir a ninguno de los dos. Había que celebrarlo: mi libro y el fanzine. Y así lo he hecho:

La presentación

Habíamos fijado la fecha de presentación del libro como dos o tres meses antes con la librería para que luego no hubiese problemas de agenda, qué sé yo esas cosas si a fin de cuentas era (es), mi primer libro, cuántos nervios, qué alegría, por fin me publican, qué extraño se me hace, qué tonta coincidencia de nombres el de la portada y el mío en el que, de pronto, me cuesta reconocerme, como si puesto ahí fuese de otro tipo, de otra persona que hace un esfuerzo innecesario por agradarme sin lograrlo.

Tengo que reconocer que me pasé de pesado. Era raro el día en que no anunciase oportunamente, o no tanto, ese 6 de Abril de 2016, presentación del primer libro de Carlos Reymán Güera (hasta donde me dejen seguiré acarreando el apellido de mi madre, pobre mía, siempre expuesta al regateo), 20:00 horas, no faltes, te estaremos esperando con un vinito o, si prefieres, una cerveza, lo que quieras, el plural era por mi editor, un tío increíble que había puesto la pasta y a mí me daba un apuro terrible que no la pudiese recuperar, que entre él y yo se interpusiese el agujero de un dinero no recuperado por culpa de un libro que no querría comprar nadie, Demagogias, ya lo sabes, una miscelánea literaria en la que cabe un poco de todo por el módico precio de 15 euros, nos ha sido imposible ponerlo más barato, trae hasta ilustraciones de uno de nuestros mejores artistas, ya sólo por eso merece la pena, vamos, creo yo, lo edita la editorial Libros de Mesa, ya me diréis cuántos amigos te hacen una editorial para sacarte un libro, tu libro.

Durante mucho tiempo todo eso quedó orbitando dentro de la nebulosa de las cosas (si se me permite la cacofonía) que están por suceder, sin amenaza ninguna. Yo miraba de vez en cuando hacia ese lado de mi futuro próximo y me sonreía con una satisfacción inconsciente, pensando que quizá llegaba a algo, un algo que me estaba reservado desde el día en que me creí escritor por primera vez, ¿cuándo fue eso?, mira que soy capaz de acumular tonterías, no lo recuerdo bien, quizá fue después de un cuento que me leyó mi padre y que reescribí luego porque pensé que tenía que ser de otra manera. ¡Qué espanto! Llegó el día y la hora de presentar el libro.

Subí la calle donde está situada la librería que encontré inusualmente vacía pero no me pareció en absoluto extraño, ni pienso que me lo tuviera que parecer. Distinto era que la librería estuviese cerrada. Esto, como poco, era llamativo.

Pegué la cara al cristal de la puerta intentando ver si había alguien trasteando por dentro, haciendo los preparativos. Nadie, no se veía a nadie. Me lo repetí varias veces como un idiota con la nariz pegada al cristal: nadie, personificación de la nada, nadie, personificación de la nada, y así durante los tres cuartos de hora en que estuve como un pasmarote allí de pie, salmodiando a Mairena, releyendo incontables veces el cartel que lucía pegado al escaparate:

Hoy presentación de

Demagogias

primer libro de

Carlos Reymán Güera

20:00 horas

Me asomé una vez más a aquella oscuridad de dentro que empezaba a estallarme en las manos como un petardo que no se ha podido arrojar a tiempo, deslumbrándome con su traca de silencio. Me fui.

Al día siguiente no hubo ni una sola persona que no me pegase la bronca por la calle, que se parase a decirme que qué me había pasado, que se me ocurría cada cosa…, que como no había ido a la presentación de mi propio libro, ¿dónde te metiste ayer?, te estuvimos esperando toda la tarde, lo que se dice toda la tarde y no diste ni señales de humo.

Foto de Julián Mesa

Un poema para Ángel Gata

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Ha muerto Ángel

a Miguel Ángel Bernabé

 

Y la tarde, como un mapa de luz perdida,

se ha plegado sobre la mesa,

un libro de Cortázar, que suponías prestado,

ha caído de pronto (desde qué estantería)

como un susto en la nada,

el tiempo se ha detenido en su ceniza,

brasero de la infancia que alguien vacía

en el frío de febrero.

 

Te has quedado a oscuras buscando tus zapatos,

las gafas que esta mañana estaban en la mesilla,

cuando la muerte (tu muerte) se ha dirigido a ti,

te ha hablado y no la has entendido.

Seguramente la casa, estos últimos días,

se te llenó de vísperas y elucubraciones,

de mirlos y leopardos, de lucha de palomas,

y ha debido de ser entonces, por primera vez,

cuando has notado el universo alejarse de ti.

 

Habíamos quedado para el viernes,

querido amigo, y ya estás del lado de los pájaros.

Llegó la muerte y traía tus gafas…

 

Desde la pantalla del móvil me mira incrédulo el mensaje:

“Ha muerto Ángel, nuestro librero, nuestro amigo”.

Mare, estic ací en Voces del Extremo

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Se echaron los poetas a las calles de Moguer e inmediatamente las academias envejecieron otros dos siglos. Yo estaba allí.

Venían de todas partes y a la vez de un único y mismo territorio, una geografía común que se extiende sin lindes, una heredad en ninguna parte. Les delataba el acento. Yo estaba allí.

Llegaron los poetas a Moguer y lo inundaron todo con versos, versos y voces, voces de versos en los que cantaba el pasado, el sueño de un tiempo, la esperanza del sueño, el tiempo de la esperanza. Yo estaba allí.

Qué distinto este Moguer nunca antes entrevisto por mí, sitiado así por la palabra viva, la palabra encarnizada, la palabra encarnada en una fuente de sombra, en una esquina, palabra en la estatura definitiva que da por venido el reino de los abrazos. Yo estaba allí.

Se repartían las plazas y las noches, compartían el pan de la tarde, les vi beber el vino de la camaradería, uno se me acercó y me regaló el sagrado corazón de la cerveza, dios habló con boca de espuma. Yo estaba allí.

Cómo no estar, en mitad de ellos, quieto, como un rompeolas virtual de los poemas, poemas libertarios, versolibristas, equilibristas, magos, ensoñadores, utópicos, quiméricos, tarambanas, puestos en pie, a contraviento, ardiendo a puro grito, llorando por la herida más pequeña, rizados con rizo de fandango, de a 2’50 el cubata, roedores de huesos universales, perdidos por las calles sin pérdida, campesinos, performáticos, informáticos, soñolientos, cansados de la espera, jubilosos, enamorados, caóticos, melodramáticos, y esperanzadores, poemas de un relato nuevo, cadáver exquisito, relato de un poema que aún seguimos escribiendo entre todos. Yo estaba allí, mare, en Voces del Extremo.

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El camino de la vergüenza

Mai Saki ha hecho los distintos caminos de los refugiados por Europa (lo que ella llama un único camino de la vergüenza), más que como voluntaria o fotógrafa como persona.

Su exposición (que pudo verse en la Asamblea de Extremadura, ahora en la Sala Vaquero Poblador de la Diputación de Badajoz y que seguirá, tras Granada, otras muchas ciudades españolas), es el resultado de una visión completamente humana de un conflicto, crisis, problema, o como quiera llamarse, que nos atañe directamente.

En el catálogo de esta exposición Mai ha querido, con su habitual generosidad, cederme espacio para ponerme junto a sus fotografías haciendo uso de la palabra.

Este es el texto que le he escrito con todo mi agradecimiento y admiración:

 

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Las guerras quedan bien floridas en sus tomos correspondientes, explicadas, desentrañadas, desmenuzadas por historiadores avezados a los que no se les escapan determinados detalles, datos relevantes. Nada tan apasionante como el estudio de las causas de una guerra, el ejercicio impagable de la filosofía de la guerra que determina su licitud o ilicitud sin que por ello haya que entrar, necesariamente, en consideraciones de convenciones o tratados internacionales.

La guerra. François Mitterrand se murió echando de menos la suya: “He tenido una carrera política casi perfecta a la que sólo le ha faltado una guerra”, se lamentaba a Lobo Antunes en uno de esos actos culturales donde se habla de esto y aquello.

Nuestra cultura ha alcanzado un momento de refinamiento difícilmente superable, ya somos el colmo de la civilización y, mientras por un lado nos justifican la guerra, por el otro tenemos a nuestros contables trabajando sin descanso para que no se pierda la más mínima aportación económica de la siempre expansiva industria militar al PIB mundial. Es muy tranquilizador vivir en un mundo así, tan bien organizado, donde, además, han tenido la consideración de ponernos la guerra lejos, como una abstracción que se concreta en un enemigo televisado convenientemente.

La guerra es una atrocidad necesaria, nos dicen, casi nos convencen. Y hemos olvidado que sobre esa atrocidad se reconstruyó Europa, un sueño de Europa que también acabó engendrando sus propios monstruos, viejos monstruos quizá nacidos en la noche de la Ilustración Francesa y que recorren el continente como fantasmas. Vamos con nuestros libros de historia de un lado para otro sin que nos acabemos de explicar a nosotros mismos, fallando en el intento de no repetir los mismos errores, encaminándonos hacia ellos como hacia trampas inevitables. Es evidente que hemos hecho de la paradoja ley: nos hemos condenado al bucle histórico no por desconocimiento, que por algo fuimos becados con una Erasmus, sino por indolencia.

La guerra siria es el penúltimo capítulo de esta escritura interminable, obra en marcha que arrolla, más que con renglones torcidos, con renglones laberínticos un país entero. Es lo inconveniente de las guerras: detrás de la idea de la guerra están sus muertos que aparecen por todas partes, en las noticias, en las escombreras, en las escombreras de las noticias.

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La comunidad internacional es muy comunidad y mucho internacional, hace lo que puede, se supone, sin que lleve demasiado bien la cuenta de los muertos. ¿Cuántos muertos son necesarios para hacer de la guerra algo insoportable? ¿Cuándo se consideran suficientes como para intervenir en favor de la población civil? ¿En qué momento empiezan a importar a alguien?

Mientras se dirimen estas cuestiones, y otras igualmente interesantes en los plenos bruselescos y demás congresos para no dejar pasar la oportunidad de poner en práctica las normas de urbanidad parlamentaria, a los sirios les come la impaciencia por huir de su muerte segura y ponen tierra y mar de por medio con tal de dejar atrás un simulacro de vida que hacía años ya no les pertenecía. Pocas cosas debe de haber más dura que esta: quedar desarmado de tanta guerra y tener que huir de lo que uno ya no va a poder ser más.

En estas condiciones llegan a la Europa nuestra nuestros hermanos los sirios, refugiados a la intemperie con la suerte de haber salido indemnes de la guerra, del mar, de las mafias, de la policía. Son 5 millones de desplazados, el 25% de la población siria, se dice y se escribe pronto, uno de los mayores éxodo de la historia reciente, según constata Wikipedia con cierto deje orgulloso por registrar un nuevo récord.

De momento, ahí los hemos dejado en los mal llamados Campos de Refugiados a la espera… ¿de qué? Mientras ese viejo ídolo con pies de barro de la Europa de las democracias y el Estado de Derecho se deshacía bajo la lluvia en Idomeni, Mai Saki toma su cámara y decide marcharse a fotografiar lo que ella considera, con razón, un genocidio aberrante con el propósito de documentarlo, de dejar constancia.

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Sale al encuentro de las horribles concertinas húngaras (de orgullosa fabricación española, todo hay que decirlo, que aquí también se inventa), indignada de que a alguien se le haya ocurrido semejante cosa contra seres humanos necesitados de ayuda. Allí, en la frontera con Serbia, comienza su trabajo que, como a tantos, la llevará a sumarse a ese número de voluntarios que han decidido, unas veces a título personal y otras enrolados en oenegés reconocidas, aportar su ayuda humanitaria.

Sid y Tovarnik, en la frontera serbocroata; Presevo, entre Macedonia y Serbia; Dimitrograv, entre Serbia y Bulgaria; Idomeni y Lesbos, en Grecia… son formas de nombrar este asalto a la dignidad de unas personas que huyen de la guerra y que se han encontrado con el rechazo de las autoridades europeas, las fronteras cerradas, el hacinamiento en campos de detención y, ya por último, el acuerdo de expulsión con Turquía, lo que se ha venido llamando, con esclarecedoras intenciones periodísticas, la Crisis de los Refugiados Sirios.

De todo esto hablan las fotografías de Mai en un tono claro de denuncia en las que se oye el llanto de los niños, se siente el frío, el escozor del humo en los ojos, las toses de los enfermos mal atendidos, la desesperación y la impotencia de quienes han quedado atrapados en un barrizal ajeno.

Son fotografías que ya hemos visto antes, que ya han sido juzgadas por la historia de forma poco favorable, las hemos visto tantas veces que ya no somos capaces de reconocer a nuestros propios abuelos fotografiados en la huida, quietos en un tiempo intercambiable, casi imposible de distinguir de tantas veces repetido. Y aun así, había que volver a hacer el reportaje, construir una narración fotográfica veraz sobre lo que les está pasando a estas personas, a estas mujeres, a estos niños huérfanos, perdidos, a estos hombres, de una manera inconcebible.

Desde luego, son las fotografías de un tiempo, fotografías en las que nosotros los europeos somos los peor retratados.

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En La estrella de la carretera

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Acaba de aparecer un fanzine artístico sin pretensiones (¿es esto posible?): La estrella de la carretera. Si se os aparece atrapadla, es la única forma de que se os cumpla el deseo, porque como toda estrella que se precie esta también aspira a ser fugaz.

Aquí va mi colaboración, un relato inspirado en un dibujo de Guillermo Martín Bermejo, un artista de verdad, cosa que en estos días ya sólo se puede decir de unos pocos.

La casa herida  

A Guillermo Martín Bermejo

En algún momento se nos puso la casa en contra, sólo había que mirar lo que pagamos de luz el mes de julio que estuvimos fuera. O las filtraciones de agua donde no había tuberías que abultaron el parqué gangrenándonos el suelo, días de vivir zancadilleados. O el vuelo desorbitado del tambor de la lavadora que aterrizó en la cocina como basura espacial quedándonos el cráter de un centrifugado del vacío. O la semana acribillados por los cuchillos fríos del agua cuando el calentador se olvidaba de la presión nada más presentir que íbamos camino del cuarto de baño.

Y luego, el intento de homicidio frustrado, la mañana en que se desplomó la estantería de libros de mi hija sobre su cama mientras estaba en el colegio, con lo poco que le gusta (si lo supiese…, le debe la vida).

Nos equivocamos. Nos aseguramos de elegir bien el chifonier del dormitorio, la lámpara de cristal de Murano, la bandeja de madera inglesa con découpage que no hemos usado nunca y nos descuidamos por completo, nos desatendimos, empezamos a vivir de cualquier manera, cayendo en la trampa de las largas jornadas de trabajo, comiendo por separado, hablando cada vez menos entre nosotros, dejando en casi nada algún gesto descuidado de cariño.

Habíamos herido a la casa pero la casa no quería mostrarnos la herida, la ocultaba detrás de las grietas, de las cortinas vencidas, de los desconchones, de las averías. Estaba pintando un Retrato de Dorian Gray de nosotros a nuestras espaldas, el envés moral de una falsa apariencia que amenazaba con derrumbe.

Nos íbamos a pique. Estábamos ya al borde de la ruina cuando llegó a casa aquel pequeño dibujo de un artista que entonces nos era desconocido: Guillermo Martín Bermejo.

Tengo un amigo que se las gasta así. Te ve un día mal, medio hundido y, no sé, te trae un cuadro, un dibujo, un libro firmado por tu autor favorito, es capaz de ese tipo de cosas sólo por ver si te anima, si cabe la posibilidad de que las circunstancias cambien, de que tú las cambies, a mí me trajo aquella obra delicadísima, casi asustada en la que no supe verme en ese preciso momento.

Dos días tardó la casa en cambiar de actitud por completo, también nosotros, sobre todo yo.

No había dudas, el dibujo era yo, un yo olvidado, alguien a quien me quise parecer y abandoné en el camino.

Me sucedió como al retrato que Picasso hizo de Gertrude Stein, me fui pareciendo más, según pasaban los meses, al dibujo, el dibujo me moldeó a su imagen, me trasformó en otro, en el que no había sabido ser.

Me miro por las mañanas en el espejo de mi dibujo. Llevo su mismo corte de pelo que deja al descubierto una pitera limpia, de un rojo muy bello, como una coagulación de sueños doloridos, dolientes, alados, maraña de anhelos. De ese hilo rojo tira la casa, por ahí sangra su herida en la pared los días que me equivoco, que yerro el paso. Unas veces sangra ella y otras yo en mitad de la calle poniéndome en el extremo del hilo de Ariadna que tira de mí con fuerza.

Crónica del feriante

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Y allí estuve, en la caseta de la Fundación Anselmo Lorenzo (a la que no sé si sabré agradecer suficientemente la consideración y el cariño), sin firmar un solo libro (según estaba previsto), pero pasando una tarde más que agradable.

Como me temía lo mejor, que iba a estar allí viendo la gente pasar, previsor me llevé unas fotocopias de un poema y un cuento mío del libro, por no estar quieto dentro del stand poniendo la misma cara de besugo ojiplático de la foto que me anunciaba y que a lo largo de la tarde haría todo el recorrido del bestiario hasta llegar al simpático cordero degollado.

Los folios poemáticos aletearon un poco entre algunas manos y desencadenaron imprevisiblemente el efecto mariposa: en una caseta del fondo vendieron un libro mío como una pequeña tormenta desatada en una caja de bombones que había que poner a salvo del sol hiriente. Nada supe del comprador al que le agradezco el gesto caballeroso de haber disipado toda posibilidad de que el sentimiento de derrota se apoderase de mí al menos por esta semana.

Hablábamos con unos y con otros (incluyo aquí a mi amigo Justo a cargo de la caseta). Yo repartía mis falsas octavillas de vez en cuando caprichosa y aleatoriamente. A un señor que leyó mi nombre en alto le dije, ese soy yo, lo siento. ¿Por qué lo sientes?, me contestó. Hombre me habría gustado ser Juan Manuel de Prada o Luis Alberto de Cuenca, por no decepcionarle. Pues estaría bueno, –se fue leyendo mi poema– qué mundo sería ese en el que todos fuesen el de Prada, menuda broma.

Se estaba bien entre tanta buena gente y lo mejor es que nadie se lo piensa dos veces para apuntarse a la conversa. Si se decía algo sobre dominantes y dominados acá que venía un hombre a decirnos que en cuanto quitásemos a unos pasaban al puesto vacante los otros, queriendo apaciguarnos cualquier exageración del idealismo exaltado: Tenga, esto es una cosilla que he escrito yo en este libro que se llama Demagogias.

Con una señora profesora hablamos un buen rato de internet y de sus posibilidades nunca suficientemente profundizadas, explotadas, usadas para la difusión total de la cultura y el conocimiento. Me dejó la promesa de la compra futura de mi libro. De esas promesas tuve unas cuantas, todas igualmente halagadoras. Son promesas que esconden un cálculo inconfesable, creo yo, que se hacen mirando el presupuesto y la lista de libros que nos gustaría llevarnos. Lo entiendo y agradezco el mero hecho de habérselo planteado siquiera un instante.

A unas chicas a las que les regalé otra hoja no tuvieron empacho en decirme que ellas, si llevasen dinero, se comprarían el Oh Murphy de Gonzalo Sanz. Bueno sí, la verdad es que yo ya lo tengo, pero de estar en vuestra situación diría eso mismo. Y desaparecieron dejando atrás el rastro de inteligencia de sus ojos que casi no me habían mirado.

Se acercaban amigos y desconocidos. Qué bien todo. Y la hebra. Yo no sé como no hablamos más entre nosotros. Das un poco de pie y la gente se anima rápido con temas poco frecuentes y todo el mundo como si se trajera las cosas pensadas de casa, ni una tontería, todo el rato hablaban muy cabales lo que me llevaba a preguntarme cómo es posible un país como el nuestro con este paisanaje, no se entiende, aquí pasa algo raro que no se corresponde con la realidad. La realidad, ¿en manos de quién está?

Pero también tuve mi pequeño altercado sin importancia. Un compañero. Se sintió ofendido por el título de mi libro y me recomendó desairado que le repartiese el folleto a los del PP, que el no era un demagogo, que ya estaba bueno, que aquello no le había gustado desde el primer momento. Era un hombrito en realidad bondadoso, con su aspecto de marinero cruzado de troll y gnoma (y no lo digo por faltar sino por ajustarme lo más posible al retrato), con ese primitivismo inocente de los primeros anarquistas, quizá un poco elemental, un poco bruto, demasiado sujeto a consignas muchas veces repetidas, pocas veces pensadas. Y aún así me regaló una lección humanísima, quizá la más valiosa de toda la tarde. Y un dato. Le oí decir mientras hablaba con Justo 40.000, en Badajoz tenemos 40.000 parados. Y en esos números temblaba toda la incertidumbre del presente, el eco eléctrico de un seísmo que no ha parado de producirse a la vista de todos sin que nadie quiera darse cuenta.

Vinieron más amigos. Uno me hizo un entusiasta análisis de texto, muy bien hecho, por cierto, de uno de mis poemas. Me regalaron libros, revistas, cuadernos. Llegó Juan Carlos.

Con el amigo Juan Carlos estuve filosofando a la violeta y al pensamiento. Algunas personas tienen la hermosura a flor de palabra. Nos entraban y salían unos y otros de la conversación: los refugiados, el papel de la política, la pedagogía, la literatura, Nietzsche y su amor por los dioses que saben bailar, Walter Benjamin y la posibilidad de leerlo en dominio público, la necesidad del decrecimiento, las nubes mal traducidas de los poemas de la Szymborska… un maravilloso caos en el que participaba quien quería, quien se paraba allí un momento con nosotros.

Seguí uno de mis papeles con la mirada hasta bien lejos. Lo llevaba un chico muy guapo sobre la carpeta. Estuvo mirando libros todavía un tiempo, distraído, probablemente sin buscar nada en concreto. Empezó a alejarse sin prisas. De pronto reparó en mi papel y se paró a leerlo. Estuvo de pie unos segundos, alzó la vista y miró dónde sentarse. Encontró un banco y allí terminó de leer mi cuento, mi poema. Y lo vi con la mirada abismada, sin querer levantarse, releyendo alguna cosa y después guardar el folio en la carpeta y desaparecer.

Al llegar a casa me esperaba mi perro para que lo sacase. Caía la tarde frente a nosotros con su aire mitológico mientras yo buscaba una papelera donde dejar la bolsa con los excrementos de Pongo. Así, con la bolsa en la mano, parecía un Hamlet de barrio con su cráneo de excrecencias para el que estar o no estar ni siquiera era una cuestión.

La tarde se cerraba sobre sí misma como un libro de escritura inacabada, un diario de nadie que todavía no se ha llegado a escribir del todo pero que aún así mañana estaremos esperando ávidos para volver a leer.

Felipe Zapico Alonso

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Podría ser Felipe Zapico el heredero natural de Jesús Lizano si no fuese porque entre los anarquistas no se hereda nada, que la propiedad es un robo desde antes de Proudhon como la poesía, la verdadera poesía, no puede ser nunca una carrera de meritoriajes donde se opta por concurso público a una vacante.

Aunque a decir verdad, en pocos poetas se evidencia el traslado del mundo real político al mundo real poético de una forma tan acuciada como en Zapico, instalada su vida ya en la inocencia permanente desde donde edita libros, manda dibujos, trae canciones, cosas que no puede, ni debe, dejar de compartir con nosotros que le esperamos expectantes, entregados a su causa que, causalmente, es la nuestra.

El último envío que nos llega es su Muros marcados con tiza editado por Amargord ediciones que está en todos los frentes abiertos, y en los que están cerrados los abren ellos que para eso tienen llave maestra. Esta vez se trata de un paquete bomba.

Sí, Felipe Zapico Alonso Quijano, el bueno nos ha colocado una bomba entre las manos, o quizá no y sea esta afirmación una fácil caída en la evidencia inculpatoria y solo juntamos los rudimentos suficientes para que la bomba seamos nosotros y el libro una mecha encendida que busca su detonación ideal, una culebra iluminada que serpentea entre conciencias, arrastra pólvora de tantos caminos transitados, carga toda la metralla de la vida al paso, todo lo que es contrario al mundo natural nuestro, de mamíferos humanos que necesitan compañeros como Felipe capaces de hacernos saltar por los aires para que cambiemos de perspectiva y empecemos a ver.

En Muros marcados con tiza el poeta nos lee la Buenaventura Durruti, nos caen sobre la cabeza poemas como octavillas de guerra con su pan recién horneado entre versos que conquistarán el mañana (la literatura, dicen quienes saben, es acción en el tiempo), circulan panfletos versados en los viejos fuegos fabriles de la lucha, arden vistosas las banderas de todos los lugares comunes de las patrias, la democracia, comodín acomodaticio que puede encarcelar a unos titiriteros, enmudece frente a la libertad.

Apollinairias y tabas penden las estrofas, antología de cruces invertidas, pagodas quietas en el giro de una peonza tipográfica, derviches en danza que giran dentro de una verdad que no se oculta.

Más lizana o lozana que nunca le vive la poesía a Zapico por dentro, la naturalidad con que dice sus versos es pasmosa, no recurre a engolamientos de mal cantante porque no los necesita, nunca pretende lucirse, pero atrapa siempre oportunamente ese momento íntimo, verdadero, que se corresponde con un destello poético de una intensidad luminosa, cuando no esclarecedora. Ha escrito el libro entero en estado de acracia.

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(Fotos tomadas del muro de Facebook de Felipe Zapico Alonso)

Una idea de la patria

Dedicado a Mai Saki, Félix Méndez y Miguel Ángel Carmona del Barco.

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Foto Mai Saki

De todas las ficciones ninguna tan irreal como la de la identidad, ese libro escrito por encargo en hoja de palimpsesto, tan pesado y, en ocasiones, ilegible. Recibimos, al nacer, una versión legitimada, una construcción histórica perfecta que no admite anotaciones al margen, una reescritura en otra clave que no sea la línea editorial oficialista de esta fábula fabulosa que hemos de cargar de un lado para otro.

Somos el deambular de una escritura que pesa, un texto incompleto que nos afirma o reafirma (unamunianamente), cuanto más nos niega. Se es lo que se es de la misma manera que podríamos ser otra cosa, lo decía Cernuda que amó su lengua y quiso hacer de su verso una nota al pie de página en una de las ediciones más ingratas de la historia: “Si yo soy español, lo soy a la manera de aquellos que no pueden ser otra cosa”.

Asumimos esta ficción de quienes somos atados al hilo argumental de una narración que exalta un sentimiento de pertenencia, un orgullo tribal que mitifica un espacio concreto. A unos convencionalismos así se le acaban dando el nombre de nación o patria es decir, que quien acepta la ficción acepta la facción.

Del argumento de la patria se pasa, sin mucho esfuerzo, a la coartada del patriotismo, lo decía Samuel Johnson, no por más citado menos cierto: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”, y de ahí ya no hay manera de esclarecer el crimen.

Crimen de lesa humanidad está cometiendo Europa contra los Sirios en nuestro nombre, en nombre de nuestra ficción, sin que se haya encontrado, entre los revisionistas espontáneos, quien haga correctamente la exégesis de lo que está sucediendo.

El debate lo sitúan en la pertinencia de más o menos Europa, si estamos ante una Europa que se defiende o una Europa que ataca, una Europa que asume una historia en la que no se reconoce o una Europa que se improvisa en la traición a unos principios que ella misma ha defendido.

La gente de bien quiere amar lo que es, aunque sea una ficción, y apela al sentimiento europeo, como si esto tuviese todavía alguna importancia y, como llevamos pisando en el terreno de los relativismos hace un rato, supongo que va siendo hora de que citemos (puesto que de citas va la cosa) a aquel Albert Einstein el día en que acude a solicitar la nacionalidad estadounidense y es preguntado por su raza: “¿A qué raza pertenece usted, señor Einstein?” “Qué raza va a ser –contesta– la raza humana”.

Habrá quien encuentre insuficiente esta afirmación y para ellos guardo una cita más y acabo. En la última entrevista a Federico García Lorca en el diario Sol realizada por el caricaturista Bagaría, a la pregunta: “¿No crees Federico, que la patria no es nada, que las fronteras están llamadas a desaparecer? ¿Por qué un español malo tiene que ser más hermano nuestro que un chino bueno?” García Lorca respondía así: “Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.

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Foto Félix Méndez

 

Je suis…

El espectáculo de la política es tan distraído que se nos debió pasar por alto el momento en que el número de prestidigitación, con sus indisimulados fallos y su grosera ejecución de los trucos, se transformó en un verdadero hechizo. O quizá estábamos en ese momento de mirar hacia otro lado, ocupados en hacernos los suecos es decir, buscando en modelos de democracias más consolidadas referentes útiles.

De la política como engaño a la política como imposibilidad de la política va lo que va de los hechos consumados a los hechos consumidos. Digamos que es la consecuencia lógica de dejar algo tan importante como la política en manos de los políticos.

Hemos alcanzado tantas veces el final de la Historia que la Historia, al final, va a acabar con nosotros. Nos dejan vivir hacinados al este del Edén de la socialdemocracia, expropiados de un tiempo que no sólo fue mejor a nuestro parecer sino que se trató de la más alta ocasión perdida que vieron los siglos.

Murió la política y de ese cadáver cocinado en laboratorios financieros de alta cocina se sustenta la economía que lejos de pedir más madera para reanimar el fuego del horno de leña pide más cadáveres. El mayor fabricante de cadáveres que cotice en bolsa, y subiendo enteros, es la guerra.

Los problemas del mundo, por entrar en el terreno de la globalización de los problemas, tienen una respuesta tan clara como contundente dentro del discurso que construye una realidad tan impuesta como incontestable. Apelar al pragmatismo de las utopías, a la aspiración de los idealismos emanados del espíritu de la razón que puso al hombre en la medida de todas las cosas dando con la dimensión exacta de la libertad, es situarse en el terreno de la disidencia radical y demagógica, cerca de la mordaza de la ley con la que intentarán taparnos la boca.

La muerte de la política nos coloca en la difícil situación de elegirnos entre el santo o el héroe que no queremos ser cuando sólo queríamos ser ciudadanos. Teníamos una fe ingenua en la emergencia de la nueva política y nos hemos decepcionado de nuevo por culpa del espectáculo tan viejo, la gestualidad títere del cadáver que se ha enredado en el vacío del lenguaje vacío con el que se aludía a una bandera de politiquerías.

Nos quedan tan pocos recursos que la única salida política a la falta de políticas es la vía humanitaria. Nadie nos aseguraría, desde luego, que proceder de esa forma nos librará de los próximos atentados que siguen un riguroso programa establecido basado en la gran teoría de la conspiración que conspira contra todos nosotros.

Hasta ahora, todo debía parecer un occidente mientras oriente sucumbía al desoriente, pero ¿cuándo se ha intentado un acercamiento real entre culturas que no haya sido bajo el dictado de la conveniencia del dinero? ¿Cuáles las políticas de integración de inmigrantes? ¿Cuáles los programas de desarrollo en países donde urge un rescate en términos de progreso? ¿Para qué la Declaración de los Derechos Humanos? ¿Para qué las grandilocuentes constituciones de los poderosos países desarrollados cuya suma de incumplimientos constituyen un hermoso capítulo de la historia universal de la infamia?

Decíamos, ayer no más, que no nos representaban y siguen, tampoco en esto, en la nula búsqueda de solución a conflictos generados interesadamente, en el trato vergonzoso a los refugiados abandonados a los pies de barro de una Europa que se desintegra en su propia codicia, no nos representan las fronteras levantadas a cuchillas, esta democracia bajo amenaza de muerte, tributaria de un horror en espera, que hace números de agosto en la gran fiesta de los mercados cuyo rostro aún no hemos sido capaces de ver.

Pido la paz y la política, como paria del mundo, trabajador en paro siempre aspirante a escritor, capaz, todavía, de encontrar en el otro a su semejante, no la abstracción del prójimo con cara de vecino no saludado, sino a mi igual musulmán, hebreo, africano, norcoreano o de donde quiera que sea, con el mismo derecho a la dignidad que yo.

Me reconozco en todos los que sufren, yo soy ellos, y exijo una solución para nosotros.

Gsús Bonilla

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Presentaba Gsús Bonilla en Cáceres su nuevo libro de poemas y allí me fui. Hay que desoír ese tipo de advertencia que desaconseja intentar conocer a nuestros autores favoritos porque el original casi nunca se parece a nuestro modelo, como si la construcción de un modelo (más que el modelo en sí), nos confiriera una ascendencia sobre un original seguramente desajustado, declaradamente desconvenido, del que no nos sirve, en absoluto, ese esfuerzo insuficiente con el que pretende llegar a parecerse a sí mismo, como si no estuviésemos hablando de esa pequeña gran novela del yo en la que un autor cualquiera se busca incesantemente de la mano que le escribe y que le niega, tanto como le afirma.

En realidad hay que desoír todas las advertencias. Pocas cosas habrá más triste que cruzar por la vida advertido de nada. Ahora que estamos en ese punto de perfeccionamiento en nuestro aprendizaje del fracasar mejor (tal y como se nos pedía), ahora que volvimos a aprender a aprender justo cuando con todas las tablas de multiplicar habían hecho de nosotros tabla rasa, es hora de hacer sumas de rebeldías con y sin llevada, como bien viene en la siguiente lección, si mal no digo.

Me acerqué a Cáceres el otro día, el otro sábado, a conocer a Gsús Bonilla, poeta.

La carretera que va de Badajoz a Cáceres es el renglón más torcido de mi biografía, en el caso de tener yo una, puesto que a mí no me suele suceder gran cosa más allá del clima y los libros, más allá de algunos sueños propios a los que no he dejado de ser fiel en todos estos años en que ellos tampoco me abandonaron. Pero está muy feo hablar de uno mismo a la primera oportunidad que se le presenta.

Marchaba la mañana lenta frente al parabrisas del coche en el que iba a toda la velocidad máxima permitida (lo digo porque la Guardia Civil lee en todas partes y no hay necesidad de granjearse una multa con carácter retroactivo), pero quiero hacer hincapié en este hecho, en el contraste de velocidad entre la mañana y el coche, la excesiva lentitud del día extendiéndose a lo largo con dificultad de viga transportada entre camiones semirremolques que me cercaba en una velocidad interior, concentrada de canciones y pasado, casi sin fuga.

No había forma de adelantar la mañana, la viga de la mañana reclamada en algún punto impreciso de un puente entre tiempos, a medio terminar, a medias abandonado.

Se construía y se deconstruía el paisaje a cada momento. Pasaban los nombres de los pueblos con su viejo reverbero de versos en el que ha empezado a apagarse, este último invierno, una voz de la memoria; atrás quedaban esos mismos pueblos mirando hacia los riscos, vueltos hacia los desmontes, rozados por cigüeñas que vuelven de los pegujales con su pedazo de madera en el pico, su viga, también, para el nido.

La presentación era en la Librería-Café Psicopompo.

En todas partes viene sucediendo, aproximadamente, algo parecido. Unos cuantos pocos se juntan para la misma cosa. Se sabe muy bien quienes son porque a todos les distingue una cierta aura de resistentes, de disconformes, de contrarios contrariados por la indiferencia tan igual en el cruce de discursos de los indiferentes. Por no abandonar el camino emprendido de la hipérbole, digamos que todos ellos son el bosque de los hombres-libros, bueno, permitidme incluirme, si no os importa, somos.

La librería era preciosa, al menos a mí me lo pareció aunque tenga que reconocer que soy fácilmente impresionable. Pero no, realmente es preciosa y los libros, aunque pocos, bien escogidos con un fondo en pie especialmente dedicado a la resistencia sonora, a la poesía de calle también nombrada como de la conciencia crítica.

En la barra, tomándose un café, estaba el poeta.

No es que yo crea excesivamente en regionalismos no creyendo, como no creo, en nacionalismo, sabiendo, además, lo bien que arde esa bandera, pero siendo esto tan importante para quienes ejercen la gerencia de la cultura oficial, oficialista, o lo que sea (los localismos, los regionalismos), no se entiende bien que a nadie en Extremadura no se le haya ocurrido vindicar a Gsús Bonilla, nacido, como se sabe, en Don Benito. Lo ha hecho, sin embargo, por motivos totalmente diferentes, José María Cumbreño, por los únicos motivos que realmente valen, porque es Gsús Bonilla una de las voces más originales de la reciente poesía española.

Viga ha aparecido en el ojo ajeno de la edición de trinchera que es Ediciones Liliputienses por ahondar un poco más en la herida abierta de astilla clavada de la política editorial general, quizá excesivamente política.

Leyó Bonilla sus poemas como un niño al que le sorprendiese verse leyendo sus poemas a un grupo de amigos embelesados, atentos, a los que pedía, prácticamente, perdón con su mirada por todo su atrevimiento, por su humilde osadía.

Eso es, un poco, la poesía de Gsús, una voz que va bajando el tono a medida que transcurren sus versos hasta que se impone en el silencio obligado la palabra clara y contundente, con ademanes también muy niños, como si nos hubiese adelantado a todos en la conquista definitiva de la inocencia, tal y como defendía el maestro.

Están hechos estos poemas con materiales muy comunes, materiales nobles del reciclaje diario como montoncitos de viruta recién barridos hacia dentro de los recuerdos, sin apenas levantar polvo, dejando un rastro de interrogación en el aire, una pregunta formulada en un tiempo sin preguntas, en una cocina del pasado, en el papel de periódico arrugado con el que se envolvían los bocadillos de sardinas con el que se alimentaban, a partes iguales, el cáncer y la esperanza.

Luego el poeta se sentó a dedicarnos el libro con un dibujo naif en el que se esmeraba con diligencia y pericia un tanto parsimoniosa que yo aproveché para charlar con él.

Tiene, Gsús Bonilla, más silencios de filósofo que de poeta, y sí, es tal y como me lo había imaginado.

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(Fotos tomadas del blog (Casi) diario de José María Cumbreño)