Por derecho lírico

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Mai Saki nunca mira hacia otro lado, nunca esquiva una mirada que la busque, que necesite mirarse en sus ojos, verse reflejada en ellos. En esto consiste, esencialmente, la fotografía de Mai, no eludir nunca el compromiso y si se trata de mirar, hacerlo hacia dentro, penetrar para aflorar, traer a la superficie lo esencial, lo bello invisible que anida en cualquiera de nosotros.
Vuelve estos días Mai a exponer en la Sala Vaquero Poblador de la Diputación de Badajoz, con el patrocinio de la Fundación Triángulo Extremadura, su trabajo más reciente, “Person@s. Otra visión de las transexualidades”, una narración fotográfica de la intrahistoria de 15 familias que nos han querido mostrar, desde la intimidad de sus casas abiertas, el contenido de la felicidad, pero no sólo o exclusivamente, también el de la libertad en toda su extensión, el valor de ser libres.

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Es lo que se respira en el ambiente de estas fotografías de Mai, una especie de domesticación de los absolutos, como si la dignidad que nos acerca al ideal fuese un miembro más de la familia.

Son bellas las fotos, ha llegado la hora de decirlo, pero lo son porque sus protagonistas son más que bellos, símbolos de una belleza trascendida, la de la lucha diaria por deshacer ese malentendido de la normalidad.

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De las muchas ficciones que asumimos como buenas sólo por haber sido recibida en la tradición de las creencias, ninguna tan ficticia como la que confunde, sexo y sexualidad con género. En esta batalla por desbaratar los relatos predominantes que nos ahogan en la uniformidad social, se hace imprescindible hasta la más pequeña nota que apele a la diversidad, a la diferencia. Mai ha escrito, fotografía a fotografía, algo más que una nota; una novela, un ensayo poético, y nos ha concedido el protagonismo: ser otros después de leer sus fotografías.

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Una poeta llamada Dulce Escribano

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Dulce Escribano regresa muchas tardes de la cara oculta de los cuentos, atraviesa espejos rotos con gráciles saltos de zapatillas rojas, trae el vestido empapado de las aguas dormidas del bosque, nos acerca un ramo de narcisos.

Vientos y nubes y nieblas del pasado, el musgo que crece en el reloj del muerto que ya nadie busca la visitan, vienen a su casa, le hacen un círculo de flores y allí, sentada frente a su ventana, la peinan por dentro.

Sabe Dulce la mayoría de los nombres de los animales que huyeron del leñador y dónde se entierra los corazones de los ciervos. A veces, la brujita tartamuda de los pantanos la acompaña hasta el río y entre las dos le van poniendo alas a las ahogadas. Los días que les queda tiempo le hacen un altarcillo de huesos a los niños santos y buscan el escarabajo de oro y al saltamontes de esmeralda para hacerlos novios.

Dulce tiene un cesto de cabezas de muñecos decapitados que nadie quiere. Ama el azul del cielo y los árboles, guarda en una caja de zapatos ortopédicos vacía su colección de dolores.

Cose heridas del alma, jirones por donde se desangra el pensamiento. A su paso abre todas las jaulas.

Libélulas y pájaros le escriben poemas.

Filosofía para cabestros

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La conmiseración con los animales está íntimamente ligada con la bondad de carácter, de tal suerte que se puede afirmar seguro que quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona. Una compasión por todos los seres vivos es la prueba más firme y segura de la conducta moral.

El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales.

Una de las glorias de la civilización sería el haber mejorado la suerte de los animales.

No hay que ser un lince, ni una vaquilla maltratada, ni un toro o uno de esos galgos colgados de cualquier árbol a la vuelta de la caza, cuando ya no sirven, ni siquiera hay que ser Arthur Schopenhauer, que es quien nos legó todas estas citas para que circulasen por internet en forma de recuadro bonito y tranquilizador el día tal que sea que haya que acordarse de los animales, no hace falta ser muy listo, ni concejal de Cuenca, ni de la directiva de la Asociación de Vecinos del Casco Antiguo de Badajoz, ni Gandhi que también tuvo su momento de pensar en los animales, la grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados según la forma en que tratan a sus animales, dijo así a bote pronto, por tirar de algo a mano para medir la conducta humana, del hombre, ese tipo ducho en eludir responsabilidades, no hace falta ser muy culto, haber leído mucho, poco, o regular, para darse cuenta, para caer del burro, pobre burro, quién nos ha mandado a subirnos encima de él, de darle tantas molestias.

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Porque a estas alturas el debate empieza a agotarse, los argumentos flojean desde Hemingway a Picasso pasando por Lorca, tan apañado para cualquier cosa, lo mismo sirve para defender la liturgia católica que los toros, en ocasiones utilizado por los mismos que hoy, llegado el caso, no dudarían en volver a fusilarlo por idénticos motivos que la otra vez, todas las veces: a nadie se le escapa qué es maltrato animal.

Al hilo de la suelta de vaquillas en las últimas fiestas del Casco Antiguo de Badajoz y su posterior controversia surge una pregunta que nace de la perplejidad pura: para qué sirve una asociación de vecinos, qué papel social juega esa pequeña institución que tuvo su ayer glorioso en la pelea política y en la gestión directa de aquello que desde Aristóteles se dio en llamar el bien común. Si la respuesta es para contribuir a la corriente general de embrutecimiento que se ha ido apoderando de los ciudadanos en todas sus manifestaciones públicas, en ese caso hay que reconocerles que van en la buena dirección.

Una asociación de vecinos que se precie no tiene por qué hacer pedagogía de nada, bastante tiene con organizar un horario razonable de barbacoas y verbenas a las que no van ni los familiares de los músicos, ni debe estar entre sus compromisos promover actividades culturales que defiendan valores cívicos, qué aburrimiento, con lo que lucen unas buenas fiestas patronales con toros en las que dejarse prácticamente la totalidad  del presupuesto disponible, esa subvención caída de un cielo con nubes de maná, y vaciarla de contenido para el resto del año.

Venimos de gestionar las ocasiones perdidas, no iban a ser menos las asociaciones de vecinos, qué le vamos a hacer, nadie se libra del signo de los tiempos y se han ido a acordar de la democracia cuando han surgido las primeras protestas por algo con lo que debería haberse terminado hace muchos años: habrá una consulta para ver qué deciden los vecinos que eligen a la vaquilla y es la vaquilla la que quiere que sean los vecinos la vaquilla. Lo único que me queda por preguntar es si la vaquilla tendrá, o no, derecho al voto.

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El abrigo de visón

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Ya está en circulación el nº 6 de La estrella de la carretera. Me gusta no faltar a esa cita. Para esta ocasión he escrito este relato:

“Tiene gracia cómo fracasan los sueños. Aunque hay algunos sueños que nacen ya fracasados, o con el germen del fracaso dentro, o del germen del fracaso, directamente, vete tú a saber.

A ti no te hace gracia, lo siento, pero la tiene, no me digas que no. Recuerdo que me llevabas de la mano paseando (me encantaba ir de tu mano), como tantas veces sin ir a ninguna parte y acabábamos (cómo no), frente al escaparate aquel de la tienda de abrigos de pieles.

Tú tenías esa idea del abrigo de visón, sea lo que sea que simbolice, me hago cargo sin necesidad de tirar de manuales de sicoanálisis más o menos trasnochados, a mí, únicamente, me hubiera gustado que fueras feliz.

Creo que no calibré correctamente la dimensión de tu sueño. Si hoy se repitiese aquel momento, aquellos momentos, no te prometería nada. Es lo malo de no nacer dos veces, o de no saber las cosas antes, o de no saber aprenderlas a tiempo, o de no tener quién te las enseñe, pero tu sueño era real, demasiado real y yo sólo fantaseé con la posibilidad de comprarte algún día tu imposible abrigo de visón, no se preocupe, madre, con mis primeros sueldos se lo compraré algún día, y los ojos se te iluminaban de una felicidad tímida, momentánea, un poco crédula… y era yo quien había encendido esa luz.

Tiene gracia cómo fracasan los sueños. Mis primeros sueldos los metimos todos en una hipoteca que tú me avalaste y que ahora aún no has terminado de pagar”.

Foto de Julián Mesa

Un último día en los toros

Cada día me cuesta más ganar el dinero, traerme a casa un jornal medio razonable, y no sólo porque uno vaya cumpliendo años y haya perdido brío, o porque una jornada pueda equivaler a dos o tres y gracias, con semanas de dormir poco y empalmar servicios, o porque cuatro o cinco días trabajados equivalgan a uno de cotización con categoría laboral reducida inopinadamente (también gracias), o porque el precio del trabajo esté sujeto a regateos, fluctuaciones, expectativas de ventas incumplidas, si quieres lo tomas y si no ya sabes, no sólo por eso y sin ánimo de parecer que ando lanzando señales de socorro a través de la frecuencia modulada de la captatio benevolentiae, cada día se me hace más difícil ganar el dinero, traerlo a casa, por todo lo sucedido que sucede más allá de las reformas laborales y su envés sindical: tengo serias dudas morales.

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Me lo dijo Lucía, mi hija, el año pasado, si vas a trabajar a los toros, con el dinero que ganes, a mí no me compres nada. Para hacernos una idea, así es una bofetada de la mano inocente, una bofetada que te puede estar resonando en los oídos todo un año.

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La mano inocente es fiel a su naturaleza, no podría ser de otra forma. Cuando yo le intentaba explicar que no iba a los toros precisamente sino a dar de comer a unos señores que van a ver los toros, su postura seguía inquebrantable, sin dar su brazo a torcer, nada de Vespasiano ni pecunia non olet, nada huele más ni peor que el dinero.

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Con el estigma de la bofetada inocente he trabajado este año en Olivenza seguro por última vez. No vuelvo, tiene razón la niña, no se puede tolerar esta crueldad ni siquiera a una distancia prudente entre las deudas y las exigencias del contrato. Me asquea esta utilización interesada de las palabras arte y cultura para revestir un festejo simple y llanamente sanguinario. ¡Cuánto horror!

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Me decía uno, he traído a los niños a ver si respeta la tarde y disfrutan. Aquí la mano inocente habría preguntado si se puede disfrutar de la tortura y muerte de unos animales, qué clase de disfrute es ese, qué se puede aprender de eso.

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Me paso la mañana huyendo de todo sin saber dónde meterme. Qué feo el mundo y sin sentido de pronto. No soporto las caras de los que se agolpan para ver trocear a los toros todavía calientes en el camión. ¡Esas caras allí! ¡Qué siglo detenido fuera del tiempo! ¡Esa fotografía de Eugene Smith en una Deleitosa eterna!

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Voy juntando a cada momento unas pocas fotos como señales de piedra en un camino de regreso que todavía no se ha encontrado. Me refugio en los cielos y en mis compañeros a los que fotografío con sed verdadera de fotógrafo sediento.

Los miro a los ojos, me apropio de sus miradas, acopio un poco de verdad por tenerla en los bolsillos, migajas con las que la mano inocente dará de comer a los mirlos.

Dos poetas estrellas de la carretera

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Cada vez quedan más bonitos nuestros números de La estrella de la carretera. El número 5 ha sido la bomba, en realidad, cuál no. Pero de este último estoy especialmente orgulloso, están dos poetas a los que adoro: Justa C. Berrocal y José Manuel Díez.

Déjame seguirte con los ojos cerrados
Déjame hacerlo así, ciega de razones,
para no ver que comienzas a ser mi pasado.
Déjame que sangre toda la tristeza.
En medio de la nada.
Entre tanto caos.
Que sangre a voces,
con la garganta muda de palabras
como arrepentidas suicidas.
Déjame guardar toda la hermosura
para cuando la hemorragia de tu recuerdo
me exilie al lugar donde yo eras tú.
Deja que mi vientre no te eche de menos.
Que mi cuerpo nazca de nuevo.
Alteremos el orden del tiempo
hasta que vuelvas a buscarme…
Deja que mi desnuda alma te desquiera.
Que mis labios te desnombren.
Déjame seguirte con los ojos cerrados.
Déjame hacerlo así, ciega de pasiones.

Justa C. Berrocal

INVOCACIONES

Invoco al corazón de la cebolla
que debe desnudarse de cadáveres
para poder bailar consigo mismo.

Invoco a la esperanza, a la poesía
que ofrecen claridad al pensamiento.

Invoco a cada dios al que he rezado
para que la palabra se haga carne,
para que la ceniza se haga hombre.

Invoco a las alturas de lo vivo
que vuela y se desprende de su sombra.

Invoco a la canción de las cigarras
que entonan el compás de mis agostos
y a la furia secreta de aquel beso no dado
que nos hizo perder nuestra edad inocente.

Invoco a lo que debe ser escrito
sintiendo que en su nombre soy poesía,
sabiendo que en su nombre soy poeta.

José Manuel Díez

La Estrella de la Carretera nº 4

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Ya el número 4 de nuestro fanzine La Estrella de la Carretera y parece que fue ayer que empezamos. Lo mismo mi libro, ya lleva unos meses por las calles dándose unos baños de amarillo e ilustrándose de manchas prestigiosas, quién nos lo iba a decir a ninguno de los dos. Había que celebrarlo: mi libro y el fanzine. Y así lo he hecho:

La presentación

Habíamos fijado la fecha de presentación del libro como dos o tres meses antes con la librería para que luego no hubiese problemas de agenda, qué sé yo esas cosas si a fin de cuentas era (es), mi primer libro, cuántos nervios, qué alegría, por fin me publican, qué extraño se me hace, qué tonta coincidencia de nombres el de la portada y el mío en el que, de pronto, me cuesta reconocerme, como si puesto ahí fuese de otro tipo, de otra persona que hace un esfuerzo innecesario por agradarme sin lograrlo.

Tengo que reconocer que me pasé de pesado. Era raro el día en que no anunciase oportunamente, o no tanto, ese 6 de Abril de 2016, presentación del primer libro de Carlos Reymán Güera (hasta donde me dejen seguiré acarreando el apellido de mi madre, pobre mía, siempre expuesta al regateo), 20:00 horas, no faltes, te estaremos esperando con un vinito o, si prefieres, una cerveza, lo que quieras, el plural era por mi editor, un tío increíble que había puesto la pasta y a mí me daba un apuro terrible que no la pudiese recuperar, que entre él y yo se interpusiese el agujero de un dinero no recuperado por culpa de un libro que no querría comprar nadie, Demagogias, ya lo sabes, una miscelánea literaria en la que cabe un poco de todo por el módico precio de 15 euros, nos ha sido imposible ponerlo más barato, trae hasta ilustraciones de uno de nuestros mejores artistas, ya sólo por eso merece la pena, vamos, creo yo, lo edita la editorial Libros de Mesa, ya me diréis cuántos amigos te hacen una editorial para sacarte un libro, tu libro.

Durante mucho tiempo todo eso quedó orbitando dentro de la nebulosa de las cosas (si se me permite la cacofonía) que están por suceder, sin amenaza ninguna. Yo miraba de vez en cuando hacia ese lado de mi futuro próximo y me sonreía con una satisfacción inconsciente, pensando que quizá llegaba a algo, un algo que me estaba reservado desde el día en que me creí escritor por primera vez, ¿cuándo fue eso?, mira que soy capaz de acumular tonterías, no lo recuerdo bien, quizá fue después de un cuento que me leyó mi padre y que reescribí luego porque pensé que tenía que ser de otra manera. ¡Qué espanto! Llegó el día y la hora de presentar el libro.

Subí la calle donde está situada la librería que encontré inusualmente vacía pero no me pareció en absoluto extraño, ni pienso que me lo tuviera que parecer. Distinto era que la librería estuviese cerrada. Esto, como poco, era llamativo.

Pegué la cara al cristal de la puerta intentando ver si había alguien trasteando por dentro, haciendo los preparativos. Nadie, no se veía a nadie. Me lo repetí varias veces como un idiota con la nariz pegada al cristal: nadie, personificación de la nada, nadie, personificación de la nada, y así durante los tres cuartos de hora en que estuve como un pasmarote allí de pie, salmodiando a Mairena, releyendo incontables veces el cartel que lucía pegado al escaparate:

Hoy presentación de

Demagogias

primer libro de

Carlos Reymán Güera

20:00 horas

Me asomé una vez más a aquella oscuridad de dentro que empezaba a estallarme en las manos como un petardo que no se ha podido arrojar a tiempo, deslumbrándome con su traca de silencio. Me fui.

Al día siguiente no hubo ni una sola persona que no me pegase la bronca por la calle, que se parase a decirme que qué me había pasado, que se me ocurría cada cosa…, que como no había ido a la presentación de mi propio libro, ¿dónde te metiste ayer?, te estuvimos esperando toda la tarde, lo que se dice toda la tarde y no diste ni señales de humo.

Foto de Julián Mesa

Mare, estic ací en Voces del Extremo

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Se echaron los poetas a las calles de Moguer e inmediatamente las academias envejecieron otros dos siglos. Yo estaba allí.

Venían de todas partes y a la vez de un único y mismo territorio, una geografía común que se extiende sin lindes, una heredad en ninguna parte. Les delataba el acento. Yo estaba allí.

Llegaron los poetas a Moguer y lo inundaron todo con versos, versos y voces, voces de versos en los que cantaba el pasado, el sueño de un tiempo, la esperanza del sueño, el tiempo de la esperanza. Yo estaba allí.

Qué distinto este Moguer nunca antes entrevisto por mí, sitiado así por la palabra viva, la palabra encarnizada, la palabra encarnada en una fuente de sombra, en una esquina, palabra en la estatura definitiva que da por venido el reino de los abrazos. Yo estaba allí.

Se repartían las plazas y las noches, compartían el pan de la tarde, les vi beber el vino de la camaradería, uno se me acercó y me regaló el sagrado corazón de la cerveza, dios habló con boca de espuma. Yo estaba allí.

Cómo no estar, en mitad de ellos, quieto, como un rompeolas virtual de los poemas, poemas libertarios, versolibristas, equilibristas, magos, ensoñadores, utópicos, quiméricos, tarambanas, puestos en pie, a contraviento, ardiendo a puro grito, llorando por la herida más pequeña, rizados con rizo de fandango, de a 2’50 el cubata, roedores de huesos universales, perdidos por las calles sin pérdida, campesinos, performáticos, informáticos, soñolientos, cansados de la espera, jubilosos, enamorados, caóticos, melodramáticos, y esperanzadores, poemas de un relato nuevo, cadáver exquisito, relato de un poema que aún seguimos escribiendo entre todos. Yo estaba allí, mare, en Voces del Extremo.

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El camino de la vergüenza

Mai Saki ha hecho los distintos caminos de los refugiados por Europa (lo que ella llama un único camino de la vergüenza), más que como voluntaria o fotógrafa como persona.

Su exposición (que pudo verse en la Asamblea de Extremadura, ahora en la Sala Vaquero Poblador de la Diputación de Badajoz y que seguirá, tras Granada, otras muchas ciudades españolas), es el resultado de una visión completamente humana de un conflicto, crisis, problema, o como quiera llamarse, que nos atañe directamente.

En el catálogo de esta exposición Mai ha querido, con su habitual generosidad, cederme espacio para ponerme junto a sus fotografías haciendo uso de la palabra.

Este es el texto que le he escrito con todo mi agradecimiento y admiración:

 

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Las guerras quedan bien floridas en sus tomos correspondientes, explicadas, desentrañadas, desmenuzadas por historiadores avezados a los que no se les escapan determinados detalles, datos relevantes. Nada tan apasionante como el estudio de las causas de una guerra, el ejercicio impagable de la filosofía de la guerra que determina su licitud o ilicitud sin que por ello haya que entrar, necesariamente, en consideraciones de convenciones o tratados internacionales.

La guerra. François Mitterrand se murió echando de menos la suya: “He tenido una carrera política casi perfecta a la que sólo le ha faltado una guerra”, se lamentaba a Lobo Antunes en uno de esos actos culturales donde se habla de esto y aquello.

Nuestra cultura ha alcanzado un momento de refinamiento difícilmente superable, ya somos el colmo de la civilización y, mientras por un lado nos justifican la guerra, por el otro tenemos a nuestros contables trabajando sin descanso para que no se pierda la más mínima aportación económica de la siempre expansiva industria militar al PIB mundial. Es muy tranquilizador vivir en un mundo así, tan bien organizado, donde, además, han tenido la consideración de ponernos la guerra lejos, como una abstracción que se concreta en un enemigo televisado convenientemente.

La guerra es una atrocidad necesaria, nos dicen, casi nos convencen. Y hemos olvidado que sobre esa atrocidad se reconstruyó Europa, un sueño de Europa que también acabó engendrando sus propios monstruos, viejos monstruos quizá nacidos en la noche de la Ilustración Francesa y que recorren el continente como fantasmas. Vamos con nuestros libros de historia de un lado para otro sin que nos acabemos de explicar a nosotros mismos, fallando en el intento de no repetir los mismos errores, encaminándonos hacia ellos como hacia trampas inevitables. Es evidente que hemos hecho de la paradoja ley: nos hemos condenado al bucle histórico no por desconocimiento, que por algo fuimos becados con una Erasmus, sino por indolencia.

La guerra siria es el penúltimo capítulo de esta escritura interminable, obra en marcha que arrolla, más que con renglones torcidos, con renglones laberínticos un país entero. Es lo inconveniente de las guerras: detrás de la idea de la guerra están sus muertos que aparecen por todas partes, en las noticias, en las escombreras, en las escombreras de las noticias.

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La comunidad internacional es muy comunidad y mucho internacional, hace lo que puede, se supone, sin que lleve demasiado bien la cuenta de los muertos. ¿Cuántos muertos son necesarios para hacer de la guerra algo insoportable? ¿Cuándo se consideran suficientes como para intervenir en favor de la población civil? ¿En qué momento empiezan a importar a alguien?

Mientras se dirimen estas cuestiones, y otras igualmente interesantes en los plenos bruselescos y demás congresos para no dejar pasar la oportunidad de poner en práctica las normas de urbanidad parlamentaria, a los sirios les come la impaciencia por huir de su muerte segura y ponen tierra y mar de por medio con tal de dejar atrás un simulacro de vida que hacía años ya no les pertenecía. Pocas cosas debe de haber más dura que esta: quedar desarmado de tanta guerra y tener que huir de lo que uno ya no va a poder ser más.

En estas condiciones llegan a la Europa nuestra nuestros hermanos los sirios, refugiados a la intemperie con la suerte de haber salido indemnes de la guerra, del mar, de las mafias, de la policía. Son 5 millones de desplazados, el 25% de la población siria, se dice y se escribe pronto, uno de los mayores éxodo de la historia reciente, según constata Wikipedia con cierto deje orgulloso por registrar un nuevo récord.

De momento, ahí los hemos dejado en los mal llamados Campos de Refugiados a la espera… ¿de qué? Mientras ese viejo ídolo con pies de barro de la Europa de las democracias y el Estado de Derecho se deshacía bajo la lluvia en Idomeni, Mai Saki toma su cámara y decide marcharse a fotografiar lo que ella considera, con razón, un genocidio aberrante con el propósito de documentarlo, de dejar constancia.

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Sale al encuentro de las horribles concertinas húngaras (de orgullosa fabricación española, todo hay que decirlo, que aquí también se inventa), indignada de que a alguien se le haya ocurrido semejante cosa contra seres humanos necesitados de ayuda. Allí, en la frontera con Serbia, comienza su trabajo que, como a tantos, la llevará a sumarse a ese número de voluntarios que han decidido, unas veces a título personal y otras enrolados en oenegés reconocidas, aportar su ayuda humanitaria.

Sid y Tovarnik, en la frontera serbocroata; Presevo, entre Macedonia y Serbia; Dimitrograv, entre Serbia y Bulgaria; Idomeni y Lesbos, en Grecia… son formas de nombrar este asalto a la dignidad de unas personas que huyen de la guerra y que se han encontrado con el rechazo de las autoridades europeas, las fronteras cerradas, el hacinamiento en campos de detención y, ya por último, el acuerdo de expulsión con Turquía, lo que se ha venido llamando, con esclarecedoras intenciones periodísticas, la Crisis de los Refugiados Sirios.

De todo esto hablan las fotografías de Mai en un tono claro de denuncia en las que se oye el llanto de los niños, se siente el frío, el escozor del humo en los ojos, las toses de los enfermos mal atendidos, la desesperación y la impotencia de quienes han quedado atrapados en un barrizal ajeno.

Son fotografías que ya hemos visto antes, que ya han sido juzgadas por la historia de forma poco favorable, las hemos visto tantas veces que ya no somos capaces de reconocer a nuestros propios abuelos fotografiados en la huida, quietos en un tiempo intercambiable, casi imposible de distinguir de tantas veces repetido. Y aun así, había que volver a hacer el reportaje, construir una narración fotográfica veraz sobre lo que les está pasando a estas personas, a estas mujeres, a estos niños huérfanos, perdidos, a estos hombres, de una manera inconcebible.

Desde luego, son las fotografías de un tiempo, fotografías en las que nosotros los europeos somos los peor retratados.

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En La estrella de la carretera

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Acaba de aparecer un fanzine artístico sin pretensiones (¿es esto posible?): La estrella de la carretera. Si se os aparece atrapadla, es la única forma de que se os cumpla el deseo, porque como toda estrella que se precie esta también aspira a ser fugaz.

Aquí va mi colaboración, un relato inspirado en un dibujo de Guillermo Martín Bermejo, un artista de verdad, cosa que en estos días ya sólo se puede decir de unos pocos.

La casa herida  

A Guillermo Martín Bermejo

En algún momento se nos puso la casa en contra, sólo había que mirar lo que pagamos de luz el mes de julio que estuvimos fuera. O las filtraciones de agua donde no había tuberías que abultaron el parqué gangrenándonos el suelo, días de vivir zancadilleados. O el vuelo desorbitado del tambor de la lavadora que aterrizó en la cocina como basura espacial quedándonos el cráter de un centrifugado del vacío. O la semana acribillados por los cuchillos fríos del agua cuando el calentador se olvidaba de la presión nada más presentir que íbamos camino del cuarto de baño.

Y luego, el intento de homicidio frustrado, la mañana en que se desplomó la estantería de libros de mi hija sobre su cama mientras estaba en el colegio, con lo poco que le gusta (si lo supiese…, le debe la vida).

Nos equivocamos. Nos aseguramos de elegir bien el chifonier del dormitorio, la lámpara de cristal de Murano, la bandeja de madera inglesa con découpage que no hemos usado nunca y nos descuidamos por completo, nos desatendimos, empezamos a vivir de cualquier manera, cayendo en la trampa de las largas jornadas de trabajo, comiendo por separado, hablando cada vez menos entre nosotros, dejando en casi nada algún gesto descuidado de cariño.

Habíamos herido a la casa pero la casa no quería mostrarnos la herida, la ocultaba detrás de las grietas, de las cortinas vencidas, de los desconchones, de las averías. Estaba pintando un Retrato de Dorian Gray de nosotros a nuestras espaldas, el envés moral de una falsa apariencia que amenazaba con derrumbe.

Nos íbamos a pique. Estábamos ya al borde de la ruina cuando llegó a casa aquel pequeño dibujo de un artista que entonces nos era desconocido: Guillermo Martín Bermejo.

Tengo un amigo que se las gasta así. Te ve un día mal, medio hundido y, no sé, te trae un cuadro, un dibujo, un libro firmado por tu autor favorito, es capaz de ese tipo de cosas sólo por ver si te anima, si cabe la posibilidad de que las circunstancias cambien, de que tú las cambies, a mí me trajo aquella obra delicadísima, casi asustada en la que no supe verme en ese preciso momento.

Dos días tardó la casa en cambiar de actitud por completo, también nosotros, sobre todo yo.

No había dudas, el dibujo era yo, un yo olvidado, alguien a quien me quise parecer y abandoné en el camino.

Me sucedió como al retrato que Picasso hizo de Gertrude Stein, me fui pareciendo más, según pasaban los meses, al dibujo, el dibujo me moldeó a su imagen, me trasformó en otro, en el que no había sabido ser.

Me miro por las mañanas en el espejo de mi dibujo. Llevo su mismo corte de pelo que deja al descubierto una pitera limpia, de un rojo muy bello, como una coagulación de sueños doloridos, dolientes, alados, maraña de anhelos. De ese hilo rojo tira la casa, por ahí sangra su herida en la pared los días que me equivoco, que yerro el paso. Unas veces sangra ella y otras yo en mitad de la calle poniéndome en el extremo del hilo de Ariadna que tira de mí con fuerza.